El Juego

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Estoy tratando de hablar de la mujer que fui. Cuando siento esa opresión de nuevo o cuando llega esa hora peligrosa de la tarde: sé que debo cuidarme. La casa se vuelve una interrogación urgente. Los muebles sacuden su rigidez y todo –todo- habla de un tiempo que ya no existe.

Es entonces cuando lo tomo a Marcos del brazo y corremos afuera. Ahora lo entiende. O tal vez no pregunta tanto. Al principio me interrogaba con la mirada. Me alivia verlo ajeno a todo. Tirado en el césped. Despreocupado. Vivo.

Yo quiero ser dueña de mi memoria pero a veces el dolor se sobrepone, me retacea. Por eso la cámara y las miles de fotos que desperdigo por la casa: Marcos junto a tres amigos, con el uniforme del colegio, transpirados como si volvieran de ver a su equipo de fútbol. Marcos con sus abuelos paternos, un sábado con mate en el patio de casa y ese mantel rayado que un día manchamos con vino y nunca más usé. Marcos conmigo y con su papá, visitando a unos amigos en Rufino. Y la última, la más cruda, la primera de cuando comenzamos a ser dos: Marcos con sus muletas –restos visibles del accidente- viendo jugar a sus amigos en el potrero del barrio. Me parece verlos: agitados, felices –ajenos a esta puta vida que acecha- discutiendo detalles del partido como si en eso se les fuera la vida. Me parece escucharlos alentarse entre ellos, desafiar a los del otro equipo, pedir full referí aunque no hubiera habido referí y a los gritos.

Los veo claramente. Siguiendo el juego. Porque el juego sigue.

Rosario

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Para Cami, en el día de su cumple

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El día que naciste nos hiciste llegar al sanatorio escoltados por un móvil policial. Todo venía tranquilo en la casa de tu mamá y tu hermanito, que en ese momento también habitaba tu papá. Pero vos supiste anunciarte como lo que serías. Un pequeño torbellino cotidiano.

El apuro fue luego de que tu mamá rompiera bolsa y empezara a sentirse mal. Así, de golpe, emprendieron viaje hacia Rosario. En el auto, además de tu mamá y vos apretando su vientre, venía tu nona Susi y tu papá.

Ya llegando a la ciudad, la nona decidió sacar un pañuelo blanco por la ventanilla. La policía no tardó en alcanzarlos para ver qué necesitaban y los acompañó hasta el sanatorio.

Ni bien en la clínica, organizamos bolsos y papeleo. Aunque en verdad yo llegué unos minutos más tarde, pero en el recuerdo me queda la sensación de estar recorriendo las calles a fondo con un auto de policía de escolta. Tal vez fueron las ganas, la alegría, la ansiedad, que me hacen sentir que estuve donde sólo me contaron.

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Aquí, yo, ahora

 

                                                                                                                                                                                                                                                                            

“Aquí el autor. Quiero decir el autor de verdad, el ser humano de carne y hueso que sostiene el lápiz, no una máscara narrativa abstracta” Aquí el autor. Lo pasado, pisado. Al mal tiempo, buena cara. O buen tweet. O mejor post. Es así.

Si de repente se acaba el mundo, o el año, o los minutos. Da lo mismo. Al fin y al cabo, nadie sabe de qué papel está hecha la eternidad. Ni el tiempo. Ni siquiera el ahora, que te dicen, es lo único tuyo.

Balances, inventarios, mentiras de nuestro ego. Balbuceos de nuestra levedad que se conforma entreteniendo a la muerte así. Con lo que hay. Por un instante.

Qué más da.

Aquí la autora. Quiero decir, Rosario.

Aquí, hoy, ahora. Adverbialmente hablando, falta poco para fin de año y el balance, creo, da positivo. Viajes, libros, lecturas, amor…todo…¿todo?…mío…¿mío?

Qué más da. Todavía hay mucho por hacer. Esto recién está terminando.

 

Cómo escupir fuego

En un rato Luis Chaves estará en el Poli dando una charla. Estos días no quisiera tener otras obligaciones más que estar sentada escuchando poesía, poetas que hablan de poesía y medios que hablan de poetas que hablaron y hablarán de poesía.

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Derechos imprescriptibles del lector

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1. El derecho a no leer.
2. El derecho a saltarnos las páginas.
3. El derecho a no terminar un libro.
4. El derecho a releer.
5. El derecho a leer cualquier cosa.
6. El derecho al bovarismo (enfermedad de transmisión textual).
7. El derecho a leer en cualquier sitio.
8. El derecho a hojear.
9. El derecho a leer en voz alta.
10. El derecho a callarnos.

Daniel Pennac

Mis menudos picapedreros



¿Por qué ir a una librería a comprar regalos para el día del niño (u otros presentes en ocasiones “creadas” por el mercado) supone en mi rutina que tenga que llevarme un libro para mí? Sigue leyendo

Mi tierra, mi pana, mi llave

 

NO PUEDO. NO PUEDO.

Si Galeano habla así de la amistad ¿qué se supone que me queda a mí, para decir?

                                                   Celebración de la amistad

En los suburbios de La Habana, llaman al amigo mi tierra o mi sangre.
En Caracas, el amigo es mi pana o mi llave: pana, por panadería, la fuente del buen pan para las hambres del alma; y llave por…
-Llave, por llave -me dice Mario Benedetti
Y me cuenta que cuando vivía en Buenos Aires, en los tiempos del terror, él llevaba cinco llaves ajenas en su llavero: cinco llaves, de cinco casas, de cinco amigos: las llaves que lo salvaron.

Eduardo Galeano

(Off the record) Un mail con este texto es un pequeño regalito luminoso. Gracias Gi!