Por Josefina Giglio

El payaso, encantador, vegetariano, entrenado con horas de yoga y tai-chi, resopla enojado. No puede creer que ese mocoso impertinente vuelva a subirse al escenario, a robarle el pañuelo del bolsillo, a tirarle papelitos, a descubrirle los trucos, a ¡sacarle la lengua! El payaso, -si estuviera en Palermo sería cool, en este pueblo helado de la provincia de Buenos Aires sólo es un sucio hippie-, mira a la platea y, después de llevar con mucha dignidad casi media hora de show malogrado, pregunta desahuciado: por favor, ¿dónde está la madre de este chico?.

La madre de este chico soy yo. Rodeada de madres de otros chicos, igual de insoportables que el mío en esta tarde de vacaciones de invierno. Me miran desafiantes: yo sé que tengo que imponerme, pero sólo me sale un afónico: “Hijito”, mientras agito mi manito desde la última fila, intentando atraparlo en el aire y reducirlo a polvo de estrellas.  La bestia ni me mira. Sigue berreando arriba del escenario del centro cultural barrial – si estuviera en Palermo sería cool, acá es una casa chorizo, con la pinotea de los pisos podrida, los cables pelados a la vista y la cal de las paredes que se te pega en la campera-. Hijito, por favor.

Nada. Luego de un día de mucha excitación, mucho plan, mucho y ahora comemos papasfritas y panchos, y ahora sacamos entradas para el cine y ahora …  Ya vimos el teatro comercial donde los niños son espantosas imitaciones de sus espantosos padres, ya vimos el off más off con obras donde los niños índigo salvan el planeta (¿Por qué todos los actores de obras infantiles se visten como si fueran un muestrario de pañolenci? ¿Por qué esas margaritas en los ojales, esas lentejuelas en el pelo, esa purpurina en los párpados?) luego de un día de mucha excitación, decía, el niño ya no responde.

Yo tampoco. La maternidad, a veces, se me hace un inmenso desierto que debo cruzar sola, con mi mochila al hombro, mi sed y mi alma de peregrina perdida sin la luz del Señor. Padre, ¿por qué me has abandonado?  Nadie lo dice, pero en esta era de familias sin red, de aislamiento en la ciudad superpoblada, sin sabiduría que pase de generación en generación, sin vecinas del barrio que te miren el pibe cuando cruza la calle para hacer un mandado, sin abuelas ni médico de familia, la maternidad /paternidad es cada vez más un lugar en el que nadie sabe qué carajo hacer ni a quién pedir ayuda.  ¿Mucho abrigo, upa, mimos, contención? ¿Mucha libertad, libre albedrío, estímulo? ¿Mucho de mí? ¿Más de mí? ¿Cuánto es suficiente? ¿Alguna vez es suficiente? ¿Qué dicen el pediatra, el homéopata, la terapeuta floral? ¿Qué dicen la partera, la escuela, los otros padres? Patria o muerte, venceremos cuando dejen de rompernos los quinotos y se vayan a dormir.

 La burocracia de la maternidad –bañarlos, despiojarlos, las medias, la ropa, la mochila, la campera que hace frío, el protector que hay mucho sol, la comida sana, los cumpleaños de los otros,  las vacaciones, el fin de semana, los modales; saludá al abuelo, no, no le saques la lengua ni le patees las canillas, saludá te dije, los resfríos, el cansancio a las dos cuadras, el horario de patín, las piñas en el pelotero y las propagandas de la tele, la música insoportable de los espectáculos insoportables para niños, la atención, sostener la atención: mirame, haceme, dame…todo eso hace que pueda sentir cómo el cierre de metal muerde mis nervios como un carpintero aplicado lija la madera.

Hay felicidad, claro. Pero no es la idea de estas páginas. Aquí, como en el tren fantasma, lo que hay es eso de lo que nadie te avisa, nadie habla, nadie puede escuchar: el NO de las madres.

 “Deberían prohibir las publicidades de juguetes pedorros que dicen que hacen cosas que no hacen y se rompen a los dos segundos, deberían prohibir los kioscos cerca de las escuelas y deberían -¡sí!- prohibir a los niños”, me encuentro diciendo en la reunión del jardín ante la mirada entre escandalizada y cómplice de los otros padres. Los primerizos –fácilmente identificables (perdón por la excesiva descripción clasemediera) por el bolso lleno de pañales, el abrigo extra por si refresca, la remerita por si hace calor de repente, el cochecito con el vasito para el juguito natural sin colorante ni azúcar, los juguetes saltando cual polichinela, las toallitas y pañuelos de papel extra suave que sobresalen de los bolsillos para limpiar la carita del infante, el temor, la alarma permanente ante los resfríos, los mocos, el contagio de los que no son el propio crío -;  y los otros, que ya van –me incluyo- por el segundo o tercer niño, que no llevan ni abrigo ni una muda para cambiarlos, que llegan con el chico dormido y con lagañas, que no les dieron de desayunar o que les habilitaron un Fantoche ay, sí, a las 8 de la mañana.

animacion

Detesto a las maestras jardineras y a las animadoras infantiles: son dos especies humanas que sólo saben hablar en diminutivo. Odio los padres cancheros que se pasan el día en el club con sus críos –yo tengo el culo muy pesado y mi único deporte es leer- y a las madres espléndidas que tienen tiempo de hacer comidita casera, ir a pilates, depilarse, salir del trabajo a tiempo y siempre llegar para buscar a los chicos a la escuela. Y sin nervios, sin malhumor, sin tironear de los niñatos; siempre sonrientes, amorosas.

Hay un momento del día, o de la semana o del mes, (mis condicionamientos son cada vez más laxos y arbitrarios), en que necesito al menos cinco metros de aire alrededor de mí, como una zona de exclusión en la que STOP no entren las manitos sucias, las boquitas de chocolate, el amor incondicional, la demanda permanente, las peleas entre hermanos, el tironeo por la revista, por el control remoto, por el cuerpo de mamá. Necesito aire sólido, o una muralla china alrededor. La pila de libros sobre mi mesa de luz suele servir. Contundentes, los amarillos de Anagrama suelen ser los mejores, pero no tengo nada que objetar sobre algunas bellas ediciones de Norma o Tusquets, o el incuestionable María Moliner que pone a una distancia considerable al resto del mundo. Para llegar a mí tendrán que nadar los 2,5 millones de litros de agua que entran en una pileta olímpica, o atravesar el foso del castillo medieval –sin princesas, por favor- donde flotan los cocodrilos hambrientos, o barrenar todos los médanos del Partido de la Costa. Mis libros me ponen a salvo; a veces, también, alguna linda notuela en un diario dominical. –Mamita quiere leer, suele ser la advertencia, la mejor traducción de –Ojo que la loca de mamita está a punto de convertirse en un transformer aullador.

Es entonces cuando necesito imperativamente una comida picante o sin explicación –esto verde es perejil, dale que te gusta-;  sin manteca o tuco o queso rallado; ver una película o un noticiero amarillo y sangrante, o la telenovela pedorra de la tarde, una conversación con otro adulto, ADULTO, con metáforas e ironías, citas y recuerdos de mi otra vida, antes de ser ésta que soy; necesito un vino aunque sea pasado, drogas duras, un corte. Corte.Necesito un corte. Ya hice todo como si en esta película de madre abnegada: como si me gustara jugar a la casita, como si mi único deseo fuera hacer esa torta, llenarme de harina, enchastrar el piso, pintar con acuarelas, ir a la plaza a ver esos horribles payasos con olor a maquillaje húmedo. Ya está, basta, como madre soy una actriz horrible, vamos a un corte. Y por fin dejar caer a las crianzas del regazo sin ninguna culpa.

El primer día que me animé a decirlo fue cuando mi hija mayor cumplió dos años. Mientras intentaba arrancarla de mi teta desesperé: llamé a una amiga, puericultora ella, y, con la chica colgando ferozmente del pezón y llorando (yo) a los gritos, lo dije: -No la aguanto más, hacé algo, sacámela de encima, no la aguanto más. Yo era una madre tardía (o añosa, como dicen los jodidos obstetras) con el mismo entrenamiento que el payaso del comienzo: clases de parto natural, lactancia a demanda, mucho masajito Shantala para la paz del bebé, mucha música clásica para estimular su desarrollo cognitivo,  comida orgánica, juguetes de madera con pintura atóxica, manta tejida con algodón de la India cosechado en noche de luna llena para envolver a la criaturita y llevarla siempre pegadita al pecho, colecho, teta, tetita.

Basta. Tengo derechos, soy un ser individual, no quiero a nadie colgando de mi brazo, de mi cuello, de mi espalda. No quiero llevar cola. No quiero que mis palabras exploten cual clavos miguelitos en el camino sin hacer mella en el pequeño energúmeno que ha colmado mi paciencia. No quiero ser tan fundamental. No quiero que me tomen TAN en cuenta. No quiero ser siempre educativa, políticamente correcta.  Hoy digo una cosa, mañana otra. La única bandera que puedo sostener ante cualquier impío es “chicle NO”. Todo lo demás –lavarse los dientes, la comida chatarra, mirar tele, no bañarse, mirar mil horas  más de tele- todo lo demás es negociable. Entregable como he sido yo en estos últimos seis años.

Cuando veo mujeres que miran vidrieras con cierta cadencia, apoyándose en una pierna, luego en la otra,  deteniéndose ante una oferta, pienso: já, esas no tienen hijos que las esperen en casa.  Cuando admiro los programas de televisión en donde cocinan hinojo, osobuco, caldo de ostras, salsa de soja, pescado frito, carne a la strogonoff, verduras envueltas en masa filo, mousse de maracuyá, pienso “ja, esos no saben nada de milanesas con puré, pizzas, salchichas, pastel de papas, fideos con tuco y queso”. No saben nada de nada. Infelices. Cuando alguien comenta el último show que fue a ver, la última película, el disco que se compró, la reunión con amigos, la conferencia de ese filósofo francés tan cool, siento oleadas de un resentimiento verde y pegajoso que inundan mi ser: ese día no tuve niñera o tiempo o resto mental para hacer nada.

Quiero perder el tiempo sin el tic tac de la niñera que se va. Quiero música fuerte, libros toda la tarde, quedarme en la cama. No responder, no atender. Quiero trasnochar sin pensar en la mañana siguiente. Quiero peluquerías, fernet con amigas, medias de red, tacos altos para no corretear entre las hamacas. No pensar en la comida, en qué plan para el fin de semana, no pensar si hay que bañarlos, no mirar los cuadernos. Restaurar mi cerebro lejos de Dora la exploradora. Quiero vacaciones de la madre que soy. Sentir que mi cuerpo es mío, sólo mío. Sentir que empiezo y termino en mí. Que mi voluntad es soberana. Quiero comerme el último chocolate. Quiero hacer un elogio del egoísmo, quiero convocar al día en que se celebre el NO de las madres.

Fuente: http://revistalagranada.com.ar/?p=414

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